¿Cuántas veces les habré visto ya
así? ¿Cuántas veces en todos estos años? Algunas delante de las cámaras, otras
mientras almorzábamos, otras al salir de trabajar, pero siempre sacando una
sonrisa el uno al otro. Y a pesar de que han pasado los años, siguen siendo tan
amigos como al principio. Sonrío al verles y me apoyo en el marco de la puerta
con los brazos cruzados esperando a que se den cuenta de que estoy allí.
-¡Que estoy loquísimo! –Dice Dani mientras
se abalanza hacia Flo para clavar la frente en su pecho ya que tiene las manos
inmovilizadas con una de las camisas de fuerza que los de vestuario han elegido
para nosotros. Yo me río al ver que a pesar de que le pone mucho entusiasmo, no
consigue desplazar a Flo ni un milímetro hacia atrás y al oírme por fin me ven.
-¡Annita, ven! ¡Abróchame la camisa
por detrás que el imbécil este no puede! –Dice refiriéndose a Dani.
-¿Y quién me la abrocha a mí luego?
¿Me lo vas a poner tú con la boca? –Contesto bromeando.
-Yo con la boca te la puedo quitar
si quieres. –Dice Dani con esa sonrisa de medio lado que derrite cada poro de
mi piel.
-Más quisieras. –Le digo un poco
nerviosa intentando aparentar todo lo contrario.
-Venga, trae. Yo te la pongo a ti y
ya luego veré yo lo que hago. –Dice Flo con ternura mientras intenta poner un
poco de orden entre Dani y yo. Le sonrío agradecida y le beso en la mejilla
apretando su cara contra mis labios con las dos manos. Pasan los segundos y veo
que ninguno de los dos se mueve, así que poso mis manos sobre la cintura y
pregunto.
-¿No pretenderéis que me cambie
delante vuestra, no?
-Perdona, no me había dado cuenta.
–Contesta Flo mientras se empieza a sonrojar y sale finalmente del camerino.
-Yo sí que me había dado cuenta.
–Dice Dani mientras se acerca a mí. –Pero tenía la esperanza de que mi sueño de
esta noche se hiciera realidad. –Continúa diciéndome en susurros mientras roza
sus labios con mi cuello.
-¿Qué sueño? –Pregunto un poco
agitada y con la boca casi seca.
-¿De verdad lo quieres saber?
–Contesta mirándome a los ojos a tan solo unos centímetros de mi cara. Me pongo
nerviosa a medida que veo que cada vez se va acercando más a mí y cierro los
ojos rindiéndome a ese beso que está a punto de ocurrir.
-¡Venga, Dani! ¡Deja a Anna tranquila!
–Dice Flo al otro lado de la puerta justo después de golpearla un par de veces
con los nudillos. Es entonces cuando pienso de nuevo en las lágrimas derramadas
estos últimos años y me separo bruscamente de él.
-Dani, no.
-Lo siento. –Dice agachando la
cabeza avergonzado. –No es el momento ni el lugar.
-Ni lo será nunca, Dani. –Y decirlo
en voz alta me parte en trocitos que estoy ya cansada de reconstruir. –Somos
amigos, no lo olvides. No lo estropees todo por una tontería. –Y por mucho que
me duela, sé que para él sólo es eso, una tontería.
-Perdóname. No… no sé por qué me
comporto así contigo. Déjame que te recompense invitándote luego a almorzar.
–Sé que en sus palabras esta vez no hay una doble intención, sino verdadero
arrepentimiento que me hace flaquear aún más.
-Mejor almorzamos algo en mi casa y
practicamos un poco para ¡A bailar!, que Lola me mandó hace un rato un vídeo
con el resto de la coreo.
-Hecho, pero yo llevo la comida.
–Me besa en la mejilla y abre la puerta, pero justo antes de marcharse, se
gira. –Por cierto, estás muy guapa con esos pelos. –Me guiña un ojo y cierra la
puerta tras él. Yo suspiro y con la yema de los dedos acaricio mis labios que
se han quedado con ganas de más. Mi cuerpo entero se ha quedado con ganas de
más.
Me desnudo hasta dejar sólo la ropa
interior y cojo de la percha los pantalones blancos. Me los pongo, seguidos de
los calcetines del mismo color y luego de la camisa.
-¡Padre! ¡Abrócheme ya esto! –Digo
buscando a Flo mientras salgo del camerino. Minutos más tardes estamos los tres
con los brazos atados a nuestra espalda mientras cinco focos nos alumbran en el
decorado acolchado. El fotógrafo no dice que tenemos que sacar ese punto
infantil de locura, que nos portemos como niños. No hace falta que miremos a
cámara porque dice que así queda más natural y que de paso será más fácil para
nosotros, pero antes que nada quiere que nos hagamos una foto un poco más
seria.
Sientan a Flo en el centro del
decorado con las piernas cruzadas. Luego a Dani a su izquierda y a mí a su
derecha; ambos en la misma postura y nos piden que miremos al frente. Es decir,
que es sólo Flo quien tiene que mirar a cámara.
Bajan un poco la intensidad de los
focos y nos dejan casi en penumbra para dar un toque tenebroso, como de
manicomio. Me repasan un poco la línea negra de los ojos y se empiezan a oír
los primeros disparos de la cámara. Nos mantenemos serios durante los primeros
segundos hasta que Flo no puede más y suelta un comentario de los suyos que
hace que nos riamos los tres aunque sigamos intentando mantener la pose.
-Venga, ya podéis hacer el cafre.
–Dice el fotógrafo resignándose a sabiendas de que cuando empezamos con las
risas ya no hay quien nos pare. La luz se vuelve a hacer en el estudio y Flo
empieza a rodar como si fuera una croqueta hasta que pasa por encima de mí y me
quejo, lo cual sirve para que se quede más tiempo sin apartarse mientras se ríe
a carcajadas.
-Flooooo… siento cómo se me
gangrenan las piernas. –Digo en broma. Los dos comenzamos a reír hasta que de
repente veo a Dani saltar sobre nosotros y no puedo evitar gritar.
-¡Qué cabrón! –Dice Flo apartándose
como puede. Yo intento hacer lo mismo pero Dani ha conseguido enredar sus
piernas con las mías y me tiene prácticamente inmovilizada. Entonces con su
nariz empieza a hacerme cosquillas en el cuello y yo no paro de retorcerme
intentando huir mientras aparto su cara con mi frente hasta que me empieza a
pegar mordiscos y chuparme la cara.
-¡Puaj! –Dice mientras se aparta
rápidamente de mí. -¡Me he comido todo el maquillaje! –Y es entonces cuando le
veo toda la boca cubierta de mi sombra de ojos negra.
-¡Dani! ¡Seguro que ahora se me ha
corrido todo! –Protesto mientras me giro hacia una de las maquilladoras para
que me retoquen. Es entonces cuando nos damos cuenta de que hace ya un rato que
nos están haciendo fotos.
-Seguid, seguid. –Dice el que
parece llevar la voz cantante. -Así tienes un aspecto bastante más realista.
–Concluye refiriéndose a mí. Y así seguimos toda la mañana entre risas saltando
uno sobre otro, empujándonos, correteando… Siento que soy niña de nuevo, que me
puedo reír todo lo fuerte que quiera y que puedo disfrutar completamente de
este momento sin preocuparme de nada. Que Dani y yo volvemos a ser los dos
amigos que éramos antes sin mezclar más sentimiento de por medio, quizás por
eso de la inocencia característica de la niñez. Cada vez que nos miramos,
sonreímos, y nos decimos muchas cosas con la mirada. Que nos hemos echado de
menos, que hacía tiempo que no nos lo pasábamos así de bien juntos. Nos damos
cuenta de que no siempre que nos rocemos tiene por qué haber algo más allá de
simple complicidad. Y por fin, me doy cuenta de que no tengo que huir de Dani
porque, a pesar de todo, el sentimiento de amistad que nos unía al comienzo de
todo nos sigue uniendo todavía y ahora es incluso más fuerte que entonces.